“Me mueve cómo transformar los aprendizajes en el aula”

Por: Francisca Orellana

El resultado de una prueba de su hija en el colegio cambió todo el eje de desarrollo laboral del director del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad Católica e ingeniero civil industrial, Miguel Nussbaum (65 años), quien había dedicado su trabajo a la Inteligencia Artificial (IA) y la logística.

El docente y especialista en tecnologías ligadas a la educación -quien acaba de obtener el máximo reconocimiento que entrega la International Society of the Learning Sciences por sus aportes al desarrollo del aprendizaje- cuenta que en 1995, su hija, que entonces iba a cuarto básico, se sacó una mala nota en una prueba de matemáticas en el colegio.

“Fue una situación anecdótica porque revisé la prueba y me di cuenta de que había más de una respuesta y que la suya era adecuada. Se lo hice saber al profesor, que no fue capaz de observar lo que estaba sucediendo. Y así me fui involucrando más, y me produjo una disonancia emocional muy grande. Me enfrenté a una situación emocional que produjo un conflicto en mí, porque lo que estaba viendo era que la educación no había mejorado en nada en largos años”, recuerda.  

“La educación no era mi foco de atención, estaba muy alejado del área de ingeniería que me gustó desde muy chico. Sin embargo, observé que había pasado una generación completa y los procesos educativos se habían mantenido igual”.

Y así, sin más, cambió su área de investigación a la educación. “Lo que a mí me sucedió estaba alejado del plano cognitivo. La educación no era mi foco de atención, estaba muy alejado del área de ingeniería que me gustó desde muy chico. Sin embargo, observé que había pasado una generación completa y los procesos educativos se habían mantenido igual”, afirma.

Y no se equivocó. En su currículum tiene una larga trayectoria de reconocimientos y premios por sus aportes a la educación e interés de poder introducir las nuevas tecnologías para mejorar los procesos educativos. Recibió el premio Avonni en la categoría Educación (2011), el Premio al Mérito Universidad Andrés Bello (2018), tiene más de 100 artículos en revistas de ISI y ha graduado a 33 alumnos de doctorado en temas de educación.

Dentro de sus múltiples creaciones, a su parecer la de mayor impacto científico fue llevar el uso de videojuegos en una plataforma portátil como los Pockets PC a las salas de clases. Fue en el año 2001, dice, en un momento donde el desarrollo de Internet estaba poco masificado y el uso de nuevas tecnologías todavía era poco aceptado. “No estaban las condiciones culturales en ese momento, donde el juego no tenía cabida. Logramos hacer un trabajo colaborativo importante”, dice, indicando que considera a las tecnologías, la innovación y creatividad como herramientas habilitantes y poderosas de desarrollo, en las que le ha interesado desde siempre profundizar.

“Después de lo que ha pasado con el Covid, ha quedado en evidencia que la tecnología está en todos lados, y hay que aprovecharla como herramienta para el apoyo en los modelos educativos”.

“Me mueve cómo transformar los aprendizajes en el aula, y después de lo que ha pasado con el Covid, ha quedado en evidencia que la tecnología está en todos lados, y hay que aprovecharla como herramienta para el apoyo en los modelos educativos”, afirma.

Motivación emocional

“Una de las habilidades del siglo 21, es que si uno no tiene un objetivo que lo moviliza no va a lograr sus metas. Y para eso, también hay que ser persistente en su trabajo”.

Más que nacer con esta habilidad, dice, lo que pasa es que se conjugan una serie de factores que hacen que la decisión de trabajar y enfocarse en la educación sea algo más bien emocional y de sentido para su vida. “Acá hay una motivación personal para seguir adelante. Una de las habilidades del siglo 21, es que si uno no tiene un objetivo que lo moviliza no va a lograr sus metas. Y para eso, también hay que ser persistente en su trabajo”, afirma.

Esta característica de motivación está sujeta por tres dimensiones. Primero, el punto de vista racional, “que me interesó desde siempre el lado del conocimiento, como las matemáticas”, dice. También está la dimensión de la cultura, que “está en el quehacer social de las personas. Y como tercero están las emociones. Si no estás en equilibrio con ellas, no vas a poder desarrollar tu trabajo”, indica.

Sin embargo, una tarea pendiente es poder lograr una correcta transferencia de sus investigaciones. “Como universitario he fallado en la transferencia porque no supe cómo hacerlo, me motivó más hacer investigación”, detalla, y cuenta que uno de los problemas de esta área es que muchas veces los investigadores pueden sentirse incomprendidos por ser adelantados a su época.

“Cuando uno crea conocimiento, no solo tiene que estar ese esfuerzo de hacer nuevos procesos, sino de ver cómo apropiar ese conocimiento”.

“Hay caso interesante de la máquina de Anticitera, que es un simulador de planetas que hizo Arquímedes muchos siglos antes de Cristo, y se encontró en un barco hundido en el siglo 19 con sus engranajes. Se adelantó 15 siglos y la pregunta es cómo se perdió ese conocimiento y tecnología que estaba tan alejada de su cultura y que no lo pudo apropiar. Cuando uno crea conocimiento, no solo tiene que estar ese esfuerzo de hacer nuevos procesos, sino de ver cómo apropiar ese conocimiento”, afirma.