“Hay quienes dicen que la Antártica se ama o se odia: yo estoy en el primer grupo desde que era una niña”

Por: Airam Fernández

Las primeras noticias de la Antártica las tuvo en el colegio. No sabe cuántos años tenía, pero se recuerda a sí misma en ese descubrimiento mientras estudiaba ciencias naturales, una de sus asignaturas preferidas. Más de una vez se preguntó si una niña cubana como ella, que crecía en un clima tropical, podría llegar a ese lugar tan blanco y helado. Pero no lo buscó. Durante años se quedó como un anhelo empolvado en su memoria y años más tarde, la carrera que hizo como bióloga la trajo a Chile casi de casualidad. Hoy, Marely Cuba Díaz es parte del Comité Nacional de Investigaciones Antárticas (CNIA), y una de las científicas polares de mayor renombre.

“Desde pequeñita soy una enamorada de las plantas, de la naturaleza y del mundo científico en general. Recuerdo que jugaba a ser doctora, pero no recetaba medicamentos. Hacía mezclas de plantas e insectos y se las daba a mis pacientes imaginarios, porque los insectos son mi segunda pasión”.

“Desde pequeñita soy una enamorada de las plantas, de la naturaleza y del mundo científico en general. Recuerdo que jugaba a ser doctora, pero no recetaba medicamentos. Hacía mezclas de plantas e insectos y se las daba a mis pacientes imaginarios, porque los insectos son mi segunda pasión. También jugaba a que tenía un laboratorio y así me imaginaba en el futuro: rodeada de equipos, haciendo experimentos. Siempre supe que seguiría este camino, aunque no sabía muy bien cómo”, recuerda.

No es sorpresa que al entrar a la escuela técnica superior haya decidido estudiar sanidad vegetal. Sí lo es, en cambio, una decisión como esa cuando nadie en su familia tenía vínculos con el mundo científico.

“Yo vengo de una familia campesina y mi mamá, por ejemplo, siempre tuvo más inclinación por el arte, el dibujo y la pintura, algo para lo que yo no tengo nada de talento”.

“Yo vengo de una familia campesina y mi mamá, por ejemplo, siempre tuvo más inclinación por el arte, el dibujo y la pintura, algo para lo que yo no tengo nada de talento”, dice. Eso, de hecho, fue un problema en la universidad, pues en muchas asignaturas era necesario dibujar distintas estructuras. “No me costaba observar a las plantas, por ejemplo, pero sí dibujarlas bonito”, cuenta entre risas.

El viaje que le cambió la vida

Cuenta que, durante esos primeros años de estudio, obtuvo el mejor promedio y ganó algo que en su país se conoce como “título de oro”, la máxima distinción que le permitió entrar a estudiar biología en la Universidad de La Habana sin necesidad de rendir un examen de admisión.

Después vino el magíster en la misma universidad y, de a poco, empezó a dedicarse a la investigación. Entre medio y cuando tenía 28 años, la invitaron a Chile a participar de un proyecto de transformación genética y trigo. Nada más alejado del lugar donde hoy están sus esfuerzos y su corazón.

“Ese diminuto pasto (la deschampsia antarctica) empezó a mostrarme sus secretos para tolerar el frío polar y me apasionó”.

Ese trabajo que la trajo a tierras australes no llegó a puerto. Pero ella quería quedarse, así que buscó redes para poder postular al programa de doctorado en Bioquímica de la Universidad de Chile, y se sumó a un proyecto que le dejó el mejor regalo: su primer acercamiento a una de las dos únicas plantas que crecen en el Continente Blanco, la deschampsia antarctica: “Ese diminuto pasto empezó a mostrarme sus secretos para tolerar el frío polar y me apasionó”.

Primer encuentro polar

“Cuando finalmente pude ir a la Antártica, fue una experiencia mágica. Un lugar que alguna vez soñé conocer y que tanto idealizaba en mi cabeza, pero lo creía inalcanzable”.

Después de casi diez años estudiando cómo se comportaba este pasto, en 2009 llegó su oportunidad de verlo con sus propios ojos y en su hábitat natural. “Hay quienes dicen que la Antártica se ama o se odia: yo estoy en el primer grupo desde que era una niña. Cuando finalmente pude ir, fue una experiencia mágica. Un lugar que alguna vez soñé conocer y que tanto idealizaba en mi cabeza, pero lo creía inalcanzable”, relata.

De ese primer viaje recuerda cuánto le costó encontrar a sus plantas: “Todo estaba cubierto de nieve, no se veía nada, y había condiciones climáticas bastante complejas. Tuve que recorrer mucho el área para poder encontrarlas, incluso esperar días un poco más despejados para cumplir con el objetivo. Pero fue espectacular”. Después volvió dos veces, y ahí sí la acompañó un mejor clima, ideal para salir a caminar y sentarse a contemplar la blanca naturaleza después de cada jornada laboral. 

Hoy vive en Los Ángeles, región del Biobío, desde donde emprendió su trayectoria en estudios sobre colonización, ecofisiología y genoma de estas plantas que le han mostrado tener la capacidad y resiliencia para adaptarse al cambio climático y seguir desarrollándose en nuevas condiciones ambientales.

Sus quehaceres como investigadora los divide con la docencia en la Universidad de Concepción. En julio, a su cargo estaban 8.175 plantas in vitro y 181 frascos en condición de jardín común. En su colección destacan muestras de ese primer pasto que la enamoró, pero también nueve poblaciones de colobanthus quitensis, o clavelito antártico, de diferentes localidades.