“Crecí pensando en crear algo que llegara a ser global”

Por: Airam Fernández

La startup chilena de aprendizaje de idiomas acaba de dar un paso importante para su crecimiento: cerró una ronda de inversión por US$ 2,5 millones con Y Combinator, la aceleradora de negocios más importante del mundo. Uno de sus responsables es Carlos Aravena, quien reconoce que es un gran salto, pero al mismo tiempo cree que es “el primer día” de un emprendimiento que busca tener presencia mundial.

La habilidad para negociar, buscar acuerdos, concretar transacciones, gestionar una empresa y conseguir que tenga buenos rendimientos es conocida en psicología como inteligencia fenicia. Nunca se lo ha dicho un psicólogo, pero hay mucho de eso en la historia profesional y personal de Carlos Aravena, uno de los socios fundadores de Políglota.

La startup chilena de aprendizaje de idiomas acaba de dar un paso importante para su crecimiento, tras presentar un pitch a la aceleradora de negocios más importante del mundo, Y Combinator, y cerrar una ronda de inversión por US$ 2,5 millones.

“A los ojos de los demás, esta es una empresa que está creciendo y que ha llegado muy lejos, pero yo siempre voy a querer más”.

Es un gran salto. Pero no el más grande que Aravena ha querido dar, desde que fundó la compañía en 2012. “A los ojos de los demás, esta es una empresa que está creciendo y que ha llegado muy lejos, pero yo siempre voy a querer más”, admite.

“Cuando le tienes miedo o mucho respeto a las cosas que haces, todos los días tienes que enfrentarlas y poder darles solución. Es lo que hago a diario en mi trabajo”.

Para él, Políglota siempre está en el día uno. Lo cuenta inspirado en una frase célebre de Jeff Bezos: “Él siempre dice que Amazon está en el primer día. Y para mí, esto es el primer día, porque todos los días tengo cierto miedo al cliente, a los procesos, a los nuevos retos. Y cuando le tienes miedo o mucho respeto a las cosas que haces, todos los días tienes que enfrentarlas y poder darles solución. Es lo que hago a diario en mi trabajo”.

Llegar al lugar en el que hoy está no fue fácil. Aravena no terminó sus estudios universitarios, pero durante los tres años que estudió Agronomía en la Universidad Católica estuvo en la selección de natación y ahí aprovechó el privilegio que tienen los estudiantes que practican algún deporte de tener una malla flexible.

“Ya en el primer año supe que la carrera no era para mí (…). Entonces lo que hice fue tomar ramos de ingeniería comercial, de psicología, diseño, algo muy variado que funcionó como mi propia cartera de conocimientos para lo que yo sabía que vendría después”.

“Ya en el primer año supe que la carrera no era para mí, pero como venía de una familia muy trabajadora y esforzada, sabía que abandonarla tan rápido no era opción. Entonces lo que hice fue tomar ramos de ingeniería comercial, de psicología, diseño, algo muy variado que funcionó como mi propia cartera de conocimientos para lo que yo sabía que vendría después”, cuenta. Con esa experiencia, en 2008, fundó su primer emprendimiento, una empresa de clases particulares.

“Desde que era un niño soñaba con tener mi propia empresa. Nunca me imaginé trabajando para alguien más”.

“Desde que era un niño soñaba con tener mi propia empresa. Nunca me imaginé trabajando para alguien más, y crecí pensando en crear algo que llegara a ser global, con el esfuerzo de mi trabajo, de mi mente y de mi tiempo”, dice. Esa inspiración y ganas nacieron entre su infancia y parte de su adolescencia, mientras ayudaba a su padre en un taller mecánico, que era una suerte de emprendimiento familiar.

Cuando Aravena le propuso a José Manuel Sánchez, uno de sus socios actuales, fundar lo que hoy es Políglota, no tenía mucha idea de dónde se estaba metiendo. “Le dije que solo tenía una idea de hacer algo con idiomas, y aunque sabía que no era algo que manejáramos, sentía que había un nicho que no se había explotado y que teníamos una oportunidad de oro”, cuenta.

En ese momento, como ahora, no cualquier persona podía darse el lujo de tomarse un año o más para cambiar de país e ir a aprender un idioma. Y tanto él como su socio tenían un inglés “muy pobre”. Querían aprenderlo y a la vez ofrecer una solución a tanta gente con esa limitación. Así se les ocurrió mezclar la experiencia del viaje, sin viajar, y la reunión presencial propia de una clase. Lo que hicieron fue crear una plataforma en la que un alumno se inscribía y se reunía en un café o un bar con un coach a tomarse algo y conversar sobre cualquier cosa. Hoy tienen un modelo de negocio que les ha permitido llegar a donde están, pero en ese momento solo tenían una buena idea, sin modelo ni inteligencia financiera detrás.

Ese riesgo que Aravena decidió tomar también es un claro ejemplo de la inteligencia fluida, definida por Raymond Cattell como una cualidad que tienen algunas personas de usar sus capacidades para resolver problemas novedosos, sin ningún conocimiento previo. Y fue a lo que tuvo que apelar en varias oportunidades: primero, cuando se dio cuenta que su emprendimiento no era sostenible; después, cuando llegó el estallido social y el país se paralizó, y luego, cuando llegó la pandemia y los locales de Starbucks —donde usualmente tenían lugar las clases— cerraron indefinidamente. Esa experiencia presencial, que era el core business de su emprendimiento, tuvo que replicarla de manera online.

Por ahora, en los planes de Aravena está seguir ampliando su negocio en Latinoamérica, donde ya tienen presencia en 12 países, apostar con todo al mercado europeo y, ojalá en un lapso de tres años, llegar a Asia. También, terminar de pulir su inglés, que hoy no se parece en nada al que tenía en la universidad. Después, quizás, pueda aventurarse con otro idioma.